lunes, 24 de abril de 2017

Libros Mortales

Relato
Si miro atrás lo único que sé con certeza es que el destino orquestó una cita mortal entre dos amantes de los libros la fría mañana del 12 de noviembre de 1912 en la Puerta del Sol, frente al escaparate de mi librería. Muchos expertos han escrito sobre el caso, aunque no son más que ríos de tinta que enmarañan la verdad. 
        Yo era un joven librero que no presentía que la tragedia conspiraba en la Puerta del Sol y en la Librería San Martín me dedicaba a reconstruir una batalla de la Guerra de los Balcanes con soldados de plomo, tratando de ajustar los movimientos de los ejércitos a las crónicas de la prensa. Me despisté unos instantes al ver pasar por la calle a otro joven muy elegante del que admiré embobado su gabán de color ceniza y su corbata de seda verde esmeralda. Él, como si no pudiera evitarlo, se detuvo ante los éxitos editoriales y yo no tuve dudas de que su rostro me era familiar, que debía de tratarse de algún cliente o tertuliano, porque entonces el local era también un lugar de moda frecuentado por intelectuales y políticos. 
        Aunque no pude verlo sé que el desconocido entró en el Bar Sol, donde según me dijo después un camarero, allí ya lo habían atendido otras veces. Tras sentarse, el hombre del gabán se sacó del bolsillo un ejemplar de Astronomía popular, de Camille Flammarion. Siempre he creído que no escogió al azar el título que iba a acompañarle el que sabía que podía ser el último día de su vida y que quizá contenía una cita que le infundía fuerzas; creo que en realidad fingía que leía y que se dedicó a matar el tiempo mientras planeaba matar a José Canalejas, el presidente del Consejo de Ministros. Nadie sospechó que detrás de su copa de cognac había un criminal que tramaba un magnicidio. 
   El día señalado coincidía con el que yo cada mes renovaba el escaparate con las publicaciones que nos enviaban las editoriales de más renombre. Si el asesino había vigilado durante semanas su objetivo como dijo la prensa, él y yo sabíamos que Canalejas estaba a punto de desviarse del camino habitual hacia su casa para detenerse ante la librería. 
        La llegada del presidente a la Puerta del Sol coincidió con una ventisca helada que dejó la plaza casi vacía. Yo estaba abriendo alguna caja de libros cuando Canalejas se quedó cautivado ante una novedad de Miguel Unamuno. Estaba tan acostumbrado a verlo por allí que le sonreí y seguí con mis quehaceres. Como tantos viandantes se dejó seducir por los soldados de plomo que acababa de colocar, como si quisiera adivinar el final de la batalla sin ver la sangre derramada. De repente, como una sombra, tras la espalda de Canalejas apareció el hombre del gabán gris. 
        Cuando regreso a aquel terrible momento escucho un disparo cuyo estruendo me obligó a agacharme. Sé que la bala se hundió en la cabeza de la víctima, y que lejos de detenerse en el cráneo, atravesó el escaparate convirtiéndolo en una lluvia de cristales afilados. El pecho de una imagen de San Martín que estaba sobre una estantería fue el que contuvo la bala, sin darnos tiempo a pedirle un milagro. Aún escuché dos tiros más, y como una flecha, el asesino desapareció corriendo sobre los adoquines. 
       Sin dejar de temblar traté de socorrer al presidente que yacía sobre un lecho de vidrios rotos empapados de sangre y pronto me vi rodeado por un remolino de personas tan asustadas como yo. 

Recreación del asesinato de José Canalejas

        Unos agentes que debían de escoltar al fallecido y que nadie supo dónde estaban cuando sucedió el ataque, aparecieron de la nada y se lanzaron a perseguir al agresor. Aquella fue una carrera atropellada en la que hubo intercambio de disparos que no alcanzaron a nadie y cuentan que el asesino gastó las fuerzas que aún le quedaban para ocultarse detrás de un coche y apretar el gatillo por última vez. Contra sí mismo y en la sien. A pesar de ser un tiro certero, un hilo de vida lo sostendría durante unas horas. Leí en la prensa que uno de los policías zarandeó al herido y le registró los bolsillos, encontrando una carta que nadie sabría leer jamás porque estaba escrita en clave, otro misterio que quedó en el aire. Antes de caer la tarde corrió la voz de que el asesino se llamaba Manuel Pardiñas, que era un artista que pintaba frescos en los techos del Hotel Palace y que se alojaba en casa de un amigo, aunque lo único que allí encontraron fue una maleta llena de libros con su nombre. 

Imagen publicada por la prensa de Manuel Pardiñas en la sala de autopsias 

             El atentado dejó una estela de indignación en la prensa y en los políticos, convencidos de que aquella violencia no debería repetirse. A pesar de todo, aquel magnicidio no sería el último, solo fue uno más en una penosa lista. 
       Canalejas fue enterrado en el Panteón de Hombres Ilustres de Nuestra Señora de Atocha. Con el paso de los años, el resto de elegidos para descansar en aquel santuario fueron reclamados por sus ciudades natales, pero por otro enigma no resuelto, a él nadie lo reclamó y se acabó quedando solo bajo una escultura de Mariano Benlliure. 
     Hoy he recibido otro libro que ha evocado mis recuerdos: La vida íntima de José Canalejas, unas memorias escritas por su viuda, Purificación Hernández. No espero encontrar en él una verdad que nadie se atreve a escribir. San Martín sigue con la bala clavada en su pecho y me digo que el santo es el único que conoce el misterio de la cita mortal. Si miro atrás solo sé que los libros fueron la clave de aquel crimen que sucedió una mañana que empieza a resultarme lejana en la memoria, y que era fría, como un soldado de plomo.